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Inglaterra volvió a dejar una sensación tan conocida como preocupante: la de ser capaz de dominar con autoridad… y, poco después, sufrir sin explicación aparente.

El partido ante Islandia comenzó exactamente como se esperaba. Un asedio constante, con el conjunto inglés monopolizando la posesión y generando las ocasiones más peligrosas. Durante los primeros 30 minutos, el guion fue claro: Islandia apenas lograba salir de su campo, completamente sometida al ritmo y la presión inglesa. Esa superioridad se mantuvo durante toda la primera mitad, en la que las locales apenas pudieron generar peligro, firmando solo un disparo que ni siquiera encontró portería.

El 1-0, obra de Russo, parecía incluso corto para lo visto en esos primeros 45 minutos.

Sin embargo, algo cambió tras el descanso. Islandia regresó al campo con una intensidad completamente distinta, mostrando más agresividad y determinación. En apenas diez minutos, ya había generado más peligro que en toda la primera parte, incluyendo ocasiones claras para empatar. Mientras tanto, Inglaterra dejó de ser ese equipo dominante para convertirse en uno mucho más pasivo, replegado en su propia área.

El león inglés se transformó en cachorro.

A partir de ahí, el partido cambió de manos. Islandia pasó a amenazar constantemente la portería de Hannah Hampton, obligando a Inglaterra a resistir en lugar de controlar. Y aunque este tipo de giros no son extraños en el fútbol —todos los equipos pueden pasar de dominar a ser dominados—, lo realmente preocupante fue la imagen de los últimos minutos.

Con el partido roto, Inglaterra tuvo oportunidades para sentenciar, pero también mostró debilidades alarmantes. Terminó sufriendo más de lo esperado para mantener una victoria que, por contexto, debería haber sido mucho más tranquila.

Y aquí surge la gran pregunta: ¿por qué Inglaterra es capaz de mostrar su mejor y su peor versión en un mismo partido?

Este tipo de altibajos suele ser más comprensible en enfrentamientos igualados, entre selecciones de nivel similar. Islandia, sin duda, es un equipo competitivo, pero la diferencia de calidad con Inglaterra es evidente. Más aún si tenemos en cuenta que las inglesas vienen de imponerse a España en Wembley haciendo un gran partido

Precisamente por eso, este tipo de desconexiones resultan difíciles de justificar. En un contexto donde está en juego la clasificación para el Mundial —y con Inglaterra actualmente tres puntos por delante de España—, estos altibajos pueden salir caros. Porque no siempre habrá margen para corregirlos a tiempo. Inglaterra tiene el talento, tiene la estructura y ha demostrado que puede dominar a rivales de primer nivel. Lo que le falta, quizás, es algo más difícil de entrenar: constancia competitiva. Y sin ella, cualquier ventaja puede desvanecerse en cuestión de minutos.